El Salmo 94 es una muestra de que aquello que ataca nuestra fe puede convertirse en oportunidad de redención.

Edmundo Dantés es un joven al que la vida le sonríe: tiene un ascenso laborar y se está por casar con el amor de su vida. Su éxito despierta la envidia de dos personas malvadas que, llenas de recelos, urden un siniestro plan para acusarlo de espía. Como resultado de esta trama engañosa, Edmundo es encarcelado en una isla lejana (de donde nadie sale vivo), y uno de sus acusadores se casa con su prometida.

En la soledad de su aislamiento conoce a otro preso que le cambiará la vida. Se trata de un sacerdote culto y sabio, que no solo le brindará su amistad, sino también le mostrará quienes y por qué lo han traicionado. Como si esto fuera poco, le dará la clave para escapar de la prisión, y le lega –además– una inmensa fortuna oculta.

El joven logra la fuga, va en busca del tesoro y regresa luego de unos años a París convertido en una persona rica, que cautiva a todos por su inteligencia, su personalidad enigmática y sus habilidades sociales. Poco a poco, va entretejiendo su venganza. Sin embargo, lejos de obtener satisfacción, nota que su accionar provoca indeseados “daños colaterales” y trata de revertir el rumbo de sus acciones.

Lo relatado en los párrafos anteriores es un elemental resumen de una de las obras literarias más célebres de la historia: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Más allá de ser una obra de ficción, nos alecciona mostrándonos que, por más deliciosa que pueda verse, una venganza realmente no contribuye en nada, no arregla nada ni sacia el alma.

Lo sabe también el autor del Salmo 94: la vida es cruel, los justos padecen penurias y los impíos salen airosos de todas las situaciones. Así, el inicio es desgarrador. Se suplica a Dios que se manifieste (vers. 1) y se repite una pregunta desesperada: “¿Hasta cuándo los impíos, hasta cuándo, Señor, se gozarán los impíos? ¿Hasta cuándo se jactarán, hablarán con arrogancia y se vanagloriarán los que obran iniquidad?” (vers. 3, 4).

Más allá de la extrema petición, está claro que el accionar para corregir este camino no pertenece al ser humano: es Dios quien, a su modo, pondrá las cosas en el lugar que les corresponden. En una combinación inusitada de valentía y humildad, se eleva esta plegaria a un Dios que entiende, que oye, que ve y que es un Juez justo.

Los “hasta cuándo”, tal como decía el gran predicador inglés Charles Spurgeon, “son esa amarga queja que se ha escuchado en las mazmorras de la Inquisición, en los postes de azotes de la esclavitud y en las prisiones de la opresión. A su debido tiempo, Dios publicará su respuesta, pero aún no ha llegado el final completo”.

Es que el Salmo 94 no tiene el objetivo de centrarse en la obra de los malvados, sino en lo que Dios quiere hacer en el corazón de sus hijos fieles. Los versículos 12 al 15 muestran que, más allá de las reiteradas injusticias, debemos obedecer a Dios. Hasta la corrección divina en nuestra vida es una bendición, porque Dios no abandonará ni desamparará a su pueblo (vers. 14). El verbo hebreo “abandonar” (azáb) implica “dejar”, “aplazar”, “renunciar” y “fallar”. Todo eso es lo que Dios no hace con nosotros.

Esta porción de la Escritura nos muestra –una vez más– que el contexto adverso nunca es una excusa para apartarnos de los caminos del Cielo. Incluso si caemos, Dios está allí: “Cuando siento que mi pie resbala, tu amor, Señor, me sustenta” (Sal. 94:18).

El lastimoso inicio del salmo contrasta notablemente con su esperanzador final. Aunque se comploten contra nosotros, aunque se derrame sangre inocente, aunque en apariencia triunfe la iniquidad, una pequeña preposición ilumina la oscuridad con una metáfora magnífica: “Pero el Señor ha sido mi fortaleza; mi Dios, la roca de mi refugio” (Sal. 94:22). La palabra hebrea que se utiliza para “refugio” es makjasé y significa “escondite”, “amparo”, “fortaleza” y “defensa”. Todo eso es lo que Dios quiere ser para nosotros.

En una sociedad de vengadores, ejercer la fe es no perder el control aun frente a las situaciones más críticas y dejar actuar a Dios. Él, en su sabia providencia, brindará justicia. Edmundo Dantés tuvo que aprenderlo; nosotros, también.

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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