Apocalipsis 13 y los peligrosos engaños finales.

Todos comprendemos la metáfora. Dicen que fue Esopo quien, en una de sus fábulas, presentó la imagen de un lobo que se disfraza de oveja para engañar a las ovejas, a quienes se quiere comer.

Apocalipsis nos habla, en realidad, de un dragón que se disfraza de cordero. El capítulo 13 es clave para entender los eventos escatológicos, desde los días de la iglesia cristiana primitiva hasta el tiempo del fin. En realidad, el último versículo del capítulo 12 introduce lo que sucedería en el tiempo del fin: “Entonces el dragón se airó contra la mujer, y fue a combatir al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17). El dragón, Satanás (ver Apoc. 12:9), enojado con la mujer (la iglesia), se va a hacer guerra contra el remanente, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús.

¿Cómo es que el enemigo hace guerra contra el Remanente? El siguiente capítulo lo aclara: utiliza primero una bestia que sube del mar (Apoc. 13:1). A través del tiempo, los reformadores y los protestantes han entendido históricamente esta profecía e identificado la bestia que surge del mar como Roma en sus dos fases: pagana y papal, a quien se le permitió “combatir a los santos y vencerlos” (Apoc. 13:7). Ese tiempo de persecución a los santos fue sobre todo evidente durante el período de la Inquisición en la Edad Media, cuando la Iglesia Católica persiguió e hizo matar a los “herejes”.

El siguiente instrumento que utiliza el dragón para combatir al Remanente es una “bestia que subía de la tierra” (Apoc. 13:11). Nuestros pioneros, comenzando con John N. Andrews, identificaron esta bestia que sube de la tierra (un lugar poco poblado, en comparación con la que sube del mar; es decir, la Europa densamente poblada) como los Estados Unidos de Norteamérica, potencia que domina actualmente el panorama mundial. Claro, cuando nuestros pioneros identificaron esta bestia con los Estados Unidos, esta nación no era ni por asomo una potencia mundial (había otras veinte naciones que tenían un ejército más poderoso, por ejemplo), pero ya se perfilaba para eso. Sus contemporáneos se rieron, pero el tiempo terminó dándoles la razón.

Una característica de esta bestia es que “tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como un dragón” (Apoc. 13:11). Estos cuernos de cordero fueron identificados como los dos pilares de la democracia estadounidense: libertad política para elegir a sus gobernantes, y libertad religiosa para adorar a Dios de acuerdo con la conciencia personal. Sin embargo, esta bestia que parece un cordero finalmente termina hablando como dragón, coartando las libertades; sobre todo, la religiosa: “Se le permitió infundir aliento a la imagen de la primera bestia, para que la imagen pudiera hablar y dar muerte a todo el que no adore a la imagen de la bestia. Y ordenaba que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente; y que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre” (Apoc. 13:15-17).

Esta es una de las razones por las que la Iglesia Adventista defiende la separación entre Iglesia y Estado, dado que, normalmente, cuando la Iglesia se une con el Estado, termina coartando la libertad religiosa de las minorías. Y también es esta profecía la que hace que tengamos cierto recelo hacia una de las democracias modelo del mundo: Estados Unidos, dado que sabemos que en algún momento hablará como dragón.

Lo que olvidamos en ciertas ocasiones es que, en realidad, en todas las sociedades y los gobiernos del mundo debemos defender la separación entre Iglesia y Estado, por más afinidad ideológica, o hasta bíblica, que podamos tener con ciertos partidos o líderes políticos. Entendemos que, detrás de los gobiernos seculares, siempre hay un dragón acechando, tratando de destruir a los hijos de Dios; sobre todo cuando no existe una clara separación entre Iglesia y Estado. Esta misma suspicacia debemos tener a la hora de apoyar a ciertos políticos o partidos religiosos.

Somos seguidores de Jesús, el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Cualquier otro impostor podría ser el dragón, con solo apariencia de cordero.

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