El reparo esperanzador de una mirada permanente en el Salmo 17.

El sitio web statista.com nos arroja la siguiente estadística de 2022. Pekín, en China, es la ciudad más vigilada del mundo. Cuenta con 372,8 cámaras públicas en las calles por cada 1.000 habitantes. En Indore (India) hay instalados 62,5 de estos dispositivos por cada 1.000 personas; una cifra menor que en las ciudades chinas, pero relativamente elevada en una comparación mundial: Moscú (16,9 cámaras cada 1.000 personas), Londres (13,4) y Nueva York (6,9).

Los residentes de ciudades de América Latina también cuentan con estos “ojos atentos”. Puebla, en México, es la que más dispositivos tiene: con 5,3 cámaras por cada 1.000 habitantes. Le siguen Bogotá (2,9) y Buenos Aires (1,0).

Para algunos, es preocupante la abrasiva vigilancia de los Gobiernos sobre los ciudadanos. Para otros, brinda un remanso saber que alguien –quienquiera que sea y desde algún lugar– nos mira.

El Salmo 17 presenta a un Dios atento y vigilante, no para instaurar un régimen controlador o totalitario, sino para darnos protección y paz. El sobrescrito del comienzo nos revela la intención de este capítulo: “Oración de David”. Esta frase también se encuentra al inicio de los Salmos 86, 90, 102 y 142 (también figura al empezar Habacuc 3).

La palabra hebrea para designar aquí “oración” es tefillah. Se refiere a una plegaria de súplica general que implica, además, una introspección y un autoanálisis en presencia del Creador del Universo (es interesante notar que, en hebreo, la acción de orar está vinculada a la acción de juzgar, en el sentido de examinarse a uno mismo). Así, la tefillah no tiene como propósito hacer cambiar de parecer a Dios, sino que el sujeto que ora pueda entender sus caminos y tomar la mejor decisión. Este debería ser siempre nuestro objetivo al orar.

Desde luego, esto queda expuesto en los maravillosos 15 versos del Salmo 17; un salmo que no puede vincularse a un momento específico en la vida de David. No se encuentran aquí puntos posibles para asignar este texto a un suceso en particular. Simplemente, se trata de un reclamo de justicia, un pedido de vindicación y una súplica por protección.

Vivimos rodeados de peligros y miedos. En las calles, por el temor a los asaltos; en los vehículos, por el riesgo de los accidentes; cuando dejamos sola nuestra vivienda, con preocupación por los robos. No importa los recaudos o las alarmas que se tengan: la violencia y el mal son parte de la sociedad de hoy.

Tal vez no haya grandes crisis, tremendas depresiones, llantos continuados ni tragedias enormes. Son las perplejidades del vivir cotidiano que, como pequeñas goteras en el techo, nos perforan el alma y nos arrebatan la paz.

Para contrarrestar esto, David presenta dos figuras retóricas impactantes. Ambas se encuentran en el versículo 8:

1-“Guárdame como a la niña de tus ojos”: Se utiliza aquí la palabra hebrea ishon (hombrecito), que es una referencia a la pupila (que reflejaba en miniatura a la persona a quien se estaba mirando). La pupila (y todo el ojo) es una parte muy delicada y cuidada del cuerpo, que es sumamente útil. Una consideración más al respecto indica que la palabra “pupila” –en latín– deriva de “pupa”, término usado para designar a una niña. Algunos teólogos también apuntan que la misma ciudad de Jerusalén era como un “ojo”, ya que estaba protegida y rodeada de montes. Esta figura retórica (que también se usa en Deut. 32:10, Prov. 7:2;  Zac. 2:8) muestra que somos muy valiosos ante Dios y que él nos ampara con extrema consideración.

2-“Escóndeme bajo la sombra de tus alas”: David sabía lo que era vivir al filo del abismo. Por eso, aquí recurre a la metáfora de un ave madre que protege a sus polluelos de los depredadores y de otros elementos peligrosos reuniéndolos bajo sus alas. Esta figura retórica también se usa en otros tres salmos (36:7, 57:1; 63:7). Jesús usó esta misma imagen de palabras para mostrar su amor y su cuidado por Jerusalén en Mateo 23:37.

En conjunto, estas dos frases son visualizaciones poderosas del amor de Dios por cada uno de nosotros. La fragilidad de una pupila está a salvo bajo las alas del Todopoderoso. Todos podemos elevar nuestra tefillah hacia el Cielo, porque los temores que se convierten en oraciones están a punto de ser vencidos.

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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