“Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen” (1 Tim. 6:18, NVI).

El apóstol Pablo le ordenaba a Timoteo que exhortara en las iglesias a que fueran amables y bondadosos. ¿Por qué es tan importante practicar la generosidad? La investigadora rusa Sonja Lyubomirsky decidió estudiar experimentalmente el valor de la amabilidad, realizando el siguiente estudio: a un grupo de participantes les pidieron que hicieran cinco cosas amables por semana, durante seis semanas.

Así, todos los domingos presentaban su “informe de amabilidad” en el que describían los actos bondadosos que habían hecho. Los ejemplos variaban muchísimo, desde cosas sencillas, como una mera ayuda, hasta cosas más importantes (“visité un hogar de ancianos”; “le presté el auto a mi hermana durante el fin de semana”; “le di veinte dólares a un hombre que no tenía casa”; etc.). Los resultados fueron sorprendentes. Los participantes experimentaron un aumento significativo de su nivel de felicidad y bienestar. Los investigadores replicaron el experimento con ciertas variaciones, e igualmente encontraron que la práctica de la amabilidad eleva el nivel de felicidad a largo plazo, especialmente cuando se la realiza sin caer en la rutina, como algo fresco y significativo.

Otros estudios basados en personas que practican el voluntariado en forma sistemática (como hacen quienes colaboran con Acción Solidaria Adventista, ADRA y otras instituciones de asistencia social) encontraron que esas prácticas se asocian con menos síntomas depresivos, mayor autoestima, más alto dominio de sí mismo y control personal, y una mayor sensación de felicidad.

Al evaluar los resultados, encontraron algunas explicaciones de por qué la generosidad es tan beneficiosa. Una de las razones es que hace percibir a los demás de forma más positiva y benévola (ej.: “El necesitado no trabaja porque está enfermo”). También influye en la autopercepción, haciendo que uno se considere mejor, altruista, generoso y útil.

Asimismo, la amabilidad desencadena cascadas de consecuencias sociales positivas, porque mucha gente aprecia y agradece la generosidad y hace cosas para recompensar a quien se mostró cordial.

Una simple experiencia personal puede ser ilustrativa. Hace un tiempo, decidí no recibir las monedas cuando me devolvían el cambio. Lo hice, no tanto por generosidad, sino porque las monedas me resultan molestas, me rompen los bolsillos y se me pierden. He observado que los cajeros siempre están bregando por la falta de monedas y aprecian cuando no las reclamo. He descubierto que me han identificado y me tratan con mayor deferencia. Es un acto de cortesía que no cuesta mucho, pero que recibe una recompensa mayor en aprecio y agradecimiento.

Todos los meses te proponemos desde esta columna practicar una virtud para mejorar el carácter. ¿Por qué no dedicar este mes a ser más generoso y amable? ¿Cómo hacerlo? Lo que los investigadores sugieren es elegir un día de la semana para hacer un acto amable nuevo y especial (o, como alternativa, hacer tres actos pequeños), como visitar a un vecino enfermo, recaudar fondos para alguna causa noble, o ayudar a un alumno con su cuota del colegio o sus dificultades en alguna asignatura. También es importante variar los actos de amabilidad continuamente, siendo creativos o estando atentos a las necesidades que aparecen sorpresivamente (como darle el dinero que le falta a la persona que llega a la caja y no le alcanza para todo lo que quería comprar).

En resumen, el consejo paulino es beneficioso y actualmente respaldado por las investigaciones, al grado de confirmar lo que decía Thomas Carlyle: “Sin bondad, no puede haber verdadera alegría”. RA

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