En La fuerza de la palabra, doce autores recorren con precisión los hechos más destacados en la vida de nuestra editorial. Aquí compartimos el extracto de algunos de sus capítulos.

Los primeros libros y periódicos misioneros que llegaron a nuestro continente por correspondencia estaban escritos en alemán, inglés y francés. Los primeros colportores, llegados en 1891, tuvieron éxito vendiendo literatura en estos idiomas entre la población inmigrante. Sin embargo, la población local que hablaba español apenas había tenido contacto con el mensaje adventista.

Por esta razón, en 1896, Mary Thurston de Westphal suplicó que se enviaran más revistas misioneras en español. A su vez, Nelson Z. Town se lamentaba de que con tantos millones de habitantes no hubiera en Sudamérica una revista para suplir las necesidades particulares del campo misionero.

La evidente necesidad de contar con una revista en idioma español publicada localmente llevó a los dirigentes de la iglesia a la acción. En octubre de 1896, la Junta de Misiones Extranjeras de la Asociación General votó el establecimiento de una revista en español en Argentina.

Luz en las tinieblas

A principios del mes de junio de 1897, Frank H. Westphal, John McCarthy, Jean Vuilleumier y Nelson Z. Town se reunieron en Buenos Aires para discutir la creación del primer periódico sudamericano. Se decidió que sería de periodicidad mensual y tendría doce páginas de extensión. El nombre elegido fue El Faro, pues deseaban que fuera un instrumento que guiara a las personas a “la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). La revista tendría una clara orientación misionera.

En un principio, la revista era editada por Frank Westphal y Jean Vuilleumier. Un converso reciente de Buenos Aires, del que solo se conocen sus siglas “F. P.”, traducía los artículos al español, y un profesor universitario de Lengua, cuyo nombre se desconoce, corregía el texto.

En julio de 1897 salió el primer número. La revista fue un éxito desde el comienzo, lo que no pasó inadvertido por los periódicos La Plaza y Vida Doméstica, cuyos directores compartieron comentarios muy favorables acerca de la nueva publicación.

El Faro se vendía de casa en casa en Buenos Aires, se lo enviaba por correo, y una vez por semana el personal de la Misión Sudamericana dedicaba una velada para enviarla a los miembros del Gobierno nacional y a centenares de hombres de negocios. No mucho tiempo después, circuló no solo en todos los países del Río de la Plata, sino también en Chile y en Perú.

En cuanto al contenido, sus páginas estaban ocupadas por escritos de Elena de White, artículos preparados por otros representantes de la obra en el continente, y espacios para preguntas y respuestas bíblicas. También contenía lecciones para la familia, sobre educación, y un apartado para noticias internacionales. La penúltima página prestaba espacio para la promoción de libros y folletos en español publicados en el extranjero. De lo más interesante fue la sección dedicada a la salud, que la convirtió en una pionera del área en Sudamérica.

Desde sus inicios, El Faro era impresa por la imprenta La Buenos Aires, ubicada entre las calles Moreno y Perú, de Buenos Aires. A partir de 1901, se realizó su producción por la imprenta La Imparcial, ubicada en el barrio de Barracas. Pero, en junio de 1905 se movió su producción a Entre Ríos, pues había comenzado a funcionar la primera imprenta adventista, instalada en un aula del Colegio de Camarero. Esto permitió ahorrar la mitad de los costos de producción.

A partir de enero de ese mismo año, su nombre fue reemplazado por La Verdad Presente. Los alumnos del Colegio participaban en el trabajo de impresión bajo la supervisión de Adela Allen de Habenicht, colportaban la revista acompañados por sus profesores y levantaban suscripciones en los poblados vecinos.

El 8 de junio de 1909, la Junta Directiva de la Asociación General votó la unificación de las revistas La Verdad Presente y Las Señales de los Tiempos, para que en toda Sudamérica se utilizara una misma publicación misionera. Se decidió conservar el nombre de esta última revista. A partir de enero de 1913 se cambió su nombre a El Atalaya. En abril de 1956, la Casa Editora cambió el nombre de El Atalaya a Vida Feliz. A pesar del cambio de nombre, la revista continuó siendo ampliamente publicada, con una tirada que promediaba las setenta mil copias mensuales.

Un avance continuo

Desde ese pequeño inicio en 1897, la Asociación Casa Editora Sudamericana (ACES) seguiría creciendo. Así, en 1904 se votaría formalmente como una entidad y en 1906 se mudaría a Buenos Aires (se ubicaría en los terrenos donde hoy está el edificio de la Unión Argentina). De este modo, con los nuevos equipos gráficos instalados en el nuevo edificio, la producción editorial tomó un nuevo impulso. En diciembre de 1918 se imprimió el primer libro de la ACES: El don de profecía en la iglesia evangélica. Escrito por el pastor J. N. Loughborough, un historiador de la Iglesia Adventista, el libro tenía cien páginas.

 Para fines de 1920, figuraban 15 empleados en la plantilla de sueldos de la Casa Editora, y un total de 9 libros en venta, incluyendo las siguientes obras de Elena de White: El conflicto de los siglos, Patriarcas y profetas, Cristo nuestro Salvador, El camino a Cristo, y otros títulos como: Guía práctica de la salud, Heraldos del porvenir, El Rey que viene, Los videntes y lo porvenir, y Cartilla sagrada; además de otros folletos más pequeños y de las publicaciones periódicas, por supuesto. Esto contrasta con el hecho de que el primer libro propiamente dicho, impreso por la Casa Editora, había sido publicado solamente una década atrás, en 1910. Sin duda, Dios estaba bendiciendo grandemente la obra de la ACES.

En casa propia

Durante 1920, tres representantes de la Asociación General, J. L. Shaw, Charles Thompson y W. E. Howell, visitaron Sudamérica. Cuando observaron la ubicación de la Casa Editora, expresaron la opinión de que la propiedad no era lo suficientemente grande para la expansión que sería necesario implementar. Posiblemente basándose en esta opinión, los dirigentes locales sintieron que era aconsejable solicitar 53.900 dólares para levantar una nueva planta.

Como resultado de esa visita, se recomendó a la Casa Editora que mantuviera un estrecho contacto con el departamento de Publicaciones de la Asociación General y con las casas editoras adventistas de los Estados Unidos y de Europa, para evitar la duplicación innecesaria de traducciones y gozar de los beneficios de la cooperación.

Después de esa visita, las casas editoras adventistas de los Estados Unidos recibieron el encargo de apoyar a las casas hermanas de los países extranjeros. A la Southern Publishing Association, ubicada en Nashville, Tennessee, se le asignaron las casas editoras de Sudamérica, ubicadas en la Argentina y en el Brasil. Su gerente, R. L. Pierce, visitó la Casa Editora durante la primera parte de 1921.

Pierce ratificó que el terreno en el que estaba ubicada la Casa Editora era inadecuado. Por lo que, siguiendo el consejo recibido, se decidió dejar la antigua propiedad y adquirir un terreno que pudiera suplir mejor las necesidades de la institución. Esto incluía tener suficiente terreno como para construir viviendas para los empleados.

Los dirigentes dedicaron varios días a la búsqueda de un lugar apropiado. La decisión final, tomada el 27 de mayo de 1921, fue comprar tres hectáreas, en lo que se conocía como Alto Florida. La propiedad estaba ubicada en la calle San Martín 4555 y tenía relativamente cerca las estaciones de dos ferrocarriles importantes. En aquel tiempo, la zona estaba despoblada. Se le ofreció 50.000 pesos en efectivo al dueño, el Sr. Hoffert, quien hizo una contrapropuesta de 55.000 pesos. El 29 de mayo se decidió concretar la compra, siempre que se pudiera conseguir los fondos y la aprobación de la Asociación General. Como carecían del dinero para construir, se planificó utilizar la tierra de la excavación del edificio para fabricar ladrillos; en realidad, esperaban conseguir en un futuro cercano los fondos necesarios para levantar el edificio. El 21 de julio de 1921 se firmó la escritura para adquirir el terreno.

Inmediatamente comenzaron a trazar los planos para el nuevo edificio, pero la realización tuvo que esperar hasta que se pudiera obtener el dinero. Este retraso pudo haberse debido, en parte al menos, a la depresión económica general de 1921 y 1922. Es evidente que afectó a la Casa Editora, ya que el monto de las ventas de 1921 apenas se aproximó a la mitad del año anterior, y las de 1922 mostraron solamente una leve mejoría. Recién en 1923 las ventas pasaron la marca de los 100.000 pesos otra vez.

Mientras tanto, se procuró ordenar las cosas en el viejo edificio donde habían estado desde el comienzo. Las habitaciones eran tan pequeñas que, a veces, el papel tenía que apilarse en el patio porque no había espacio en el edificio. El poco espacio disponible se vio reducido aún más cierta tarde de marzo de 1923, cuando un incendio destruyó dos pequeños depósitos en los que se guardaba algunos de los materiales de la imprenta, lo que resultó en una pérdida de aproximadamente mil dólares.

Se produjeron otras pérdidas financieras durante ese año y los siguientes, porque la literatura y el dinero de la Casa Editora tenían que cruzar fronteras internacionales. En 1921 se estableció un fondo de cambio, para tratar de cubrir algunas de esas pérdidas. Cierto porcentaje de las ventas se apartaba para este fondo. Sin embargo, se registraron pérdidas sustanciales por el cambio de moneda durante los siguientes cuatro años.

En algunas oportunidades, como en 1923, se vio necesario suspender temporariamente a algunos trabajadores de la imprenta por falta de trabajo. Ese año, se decidió que durante esos períodos los afectados recibirían la mitad de su salario regular.

Más allá de esto, a partir de abril de 1924 se comenzó a trabajar en los planos para las nuevas construcciones, y en febrero de 1925 la Junta autorizó la firma del contrato con el constructor. Se comenzó a trabajar no solo para levantar el edificio principal, sino también cuatro viviendas, que todavía están en uso, todas con el frente hacia la calle San Martín. El costo total del edificio principal y de las viviendas fue de ochenta mil dólares, de los cuales un tercio fue recaudado en el territorio de la División Sudamericana. Se contrató a Francisco Valentín para que fabricara ladrillos en el terreno. Anteriormente él había instalado el molino de agua que se puede apreciar en las primeras fotografías de la Casa Editora.

Desde los primeros tiempos se consideró importante que el ambiente de trabajo fuera agradable, desde la entrada al predio por medio de un parque cuidado, hasta cada puesto de trabajo. El parque que rodeaba al nuevo edificio era muy grande y se le solicitó a F. Valentín que se encargara de mantenerlo, a la vez que se lo contrató como sereno.

Hoy la ACES se encuentra emplazada en el mismo lugar, y ha sido renovada totalmente. Ha pasado por crisis, incendios, problemas y dificultades.

También ha pasado por cambios:

De la máquina de escribir a la computadora.

Del lápiz, la regla y el pegamento a los avanzados programas de diseño.

Del linotipo a la composición electrónica.

Del proceso artesanal de películas a procesos automáticos de elaboración de planchas. De la prensa tipográfica manual a la prensa offset Speedmaster.

De la encuadernación manual a la automática.

De las débiles líneas telefónicas a las rápidas conexiones de Internet.

De los afiches de promoción impresos en las iglesias a los videos cortos en las redes sociales.

Sí, desde 1897 hasta hoy, en la Asociación Casa Editora Sudamericana cambiaron muchas cosas.

Sin embargo, el objetivo siempre permaneció igual: publicar esperanza anunciando el pronto regreso de Jesús.


Extractos del libro La fuerza de la palabra, publicado recientemente por la ACES.

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