“Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo”.

Apocalipsis 1:9

Según una tradición registrada en un documento de un autor anónimo del siglo II, y conocido como Los hechos de Juan, el apóstol había sido desterrado por el emperador romano Domiciano (81-97 d.C.) a la isla de Patmos, a pesar de sentir admiración por la virtud del discípulo amado y los milagros obrados por él. La misma fuente dice que Domiciano habría sido instigado a ello por un sector influyente del judaísmo de Asia Menor, la actual Turquía, para silenciar su testimonio en favor de Cristo.

De ser así, esto trae sin duda a la memoria incidentes previos de hostilidad de parte de autoridades seculares contra otros destacados representantes de la voluntad de Dios. Tal es el caso de Daniel y sus tres amigos en la Babilonia de Nabucodonosor (Dan. 3:8-12), y en el caso de Daniel, durante el reinado medopersa (Dan. 6:4-15), además de Mardoqueo en la Persia de Asuero (Est. 3). El factor común a todos estos incidentes fue la envidia.

En caso de ser once y no diez los Mandamientos, el undécimo tal vez diría: “No envidiarás”. De hecho, la envidia suele ser el germen que conduce a la violación de la mayoría de los Mandamientos, ya que se la encuentra a menudo en la raíz misma de la codicia, la sustracción de lo ajeno, el homicidio, la calumnia, el adulterio, etc. De la envidia brotan la difamación, el plagio, la imitación, la censura.

La Biblia registra la historia de célebres envidiosos, y de sus víctimas: Caín y Abel, los hermanos de José, Saúl y David, Jesús y la mayoría de los dirigentes religiosos de sus días, Pablo y algunos de sus excorreligionarios fariseos, etc. En tal sentido, una conocida fábula da cuenta de la respuesta de un sapo al que su amigo le preguntó por qué mató a una luciérnaga que luego no consumió: “Porque brillaba”, fue la respuesta.

Pero la envidia no solo es peligrosa para los envidiados. También es contraproducente para los envidiosos mismos, ya que, como reza el viejo adagio: “El envidioso se seca viendo engordar a su vecino”.

La envidia es lo más parecido a la admiración que pueden sentir los mediocres. Y, por encima de todo, es una gran demostración de incredulidad acerca del amor y el interés personalizado de Dios hacia cada una de sus criaturas humanas sin excepción, desde el momento mismo de la concepción.

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