Cómo la creación de Dios nos enseña acerca de su carácter amoroso.

El gran Dios es un amante de lo bello. Él nos ha dado evidencia inequívoca de esto en la obra de sus manos. Plantó para nuestros primeros padres un hermoso jardín en el Edén. Hizo crecer árboles majestuosos del suelo, de toda clase, para servir de utilidad y adorno. Las hermosas flores fueron formadas, de belleza excepcional, de todos los matices y tonalidades, perfumando el aire. Los alegres pájaros, de variado plumaje, entonaban sus gozosos cánticos en alabanza a su Creador. Era el designio de Dios que el hombre encontrara felicidad en la tarea de cuidar las cosas que él había creado, y que sus necesidades fueran satisfechas con los frutos de los árboles del Jardín.

Dios, que hizo el hogar de Edén para nuestros primeros padres tan sumamente hermoso, también ha dado los árboles nobles, las flores hermosas y todo lo bello en la naturaleza, para nuestra felicidad. Él nos ha dado estas muestras de su amor para que podamos tener una visión correcta de su carácter. Ha implantado en los corazones de sus hijos el amor por lo bello. Pero muchos han pervertido este amor. Los beneficios y las bellezas que Dios nos ha concedido han sido adorados, mientras que el glorioso Dador ha sido olvidado. Esto es necia ingratitud. Debemos reconocer el amor de Dios por nosotros en todas sus obras creadas, y nuestro corazón debe responder a estas evidencias de su amor dándole los mejores y más santos afectos del corazón.

Muchos ensalzan la habilidad artística que produce bellas pinturas sobre lienzo. Pero el gran Artista maestro ha pintado sobre el lienzo cambiante del cielo las glorias del Sol poniente […]. Muchos se apartan descuidadamente de este cuadro de origen celestial. No logran rastrear el infinito amor y el poder de Dios en las incomparables bellezas que se ven en los cielos, pero quedan casi fascinados al contemplar y adorar las pinturas humanas imperfectas, que intentan imitar al Artista maestro.

El Redentor del mundo generalmente eligió el aire libre para dar sus lecciones de instrucción, en lugar de estar encerrado entre muros. Podía hacer que sus enseñanzas fueran más impresionantes cuando estaba rodeado de las bellezas de la naturaleza. Eligió las arboledas y la orilla del mar, donde podía tener una vista imponente del paisaje y el panorama variado, para poder ilustrar verdades importantes del Reino de Dios por las obras de Dios en la naturaleza. Hizo uso de las aves, que entonan sus cantos sin cuidado; y de los lirios del valle en su belleza, que superan a Salomón en todo su esplendor; y del lirio, emblema de la pureza, que repossa sobre el seno del lago; de los árboles elevados; de las tierras cultivadas; del grano ondulante; de la tierra estéril; del árbol que no da fruto; de las colinas eternas; del arroyo burbujeante; del sol poniente, que tiñe y dora los cielos, para impresionar a sus oyentes con la verdad divina.

Conectó las obras de los dedos de Dios en los cielos y sobre la tierra con las palabras de vida que deseaba grabar en la mente de sus oyentes para que, al contemplar las maravillosas obras de Dios en la naturaleza, sus lecciones estuvieran frescas en su memoria. Podía exaltar la sabiduría de Dios en sus obras creativas, y podía fijar sus lecciones sagradas dirigiendo la mente de las personas a través de la naturaleza hasta el Dios de la naturaleza. El paisaje, los árboles, los pájaros, las flores del valle, las colinas, el lago y los hermosos cielos quedaban asociados en la mente con verdades sagradas, que santificarían la memoria al contemplarlos después de la ascensión de Cristo al cielo.

A medida que nos atraiga lo bello de la naturaleza y asociemos las cosas que Dios ha creado para la felicidad del hombre con su carácter, consideraremos a Dios como un Padre tierno y amoroso, en lugar de simplemente como un juez severo. Al manifestarse así el amor, la benevolencia, la belleza y la atracción del carácter de Dios, la mente se siente atraída hacia él. El corazón se acelera y palpita con un amor nuevo y más profundo, mezclado con asombro y reverencia, cuando contemplamos a Dios en la naturaleza.


Texto extraído de Review and Herald, 25 de julio de 1871.

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