Un conflicto que va más allá de Ucrania y de Rusia.

Cada vez que se movilizan tropas, se lanza algún misil o, como en la actualidad, se mueven las piezas del gran ajedrez de la geopolítica mundial, nuestra mente se mantiene en alerta. Sí, me refiero al enfrentamiento entre Rusia y Ucrania, con todo su séquito de aliados de cada bando.

Todo aquel que tenga suficiente conocimiento de la historia comprende que una guerra nunca trae buenas noticias. Ni siquiera cuando esa guerra implica liberación del enemigo, dado que ese tipo libertad siempre trae aparejado un gran costo. Las dos grandes guerras del siglo pasado nos han demostrado no solo la devastación que puede traer, sino también el horror de la degradación humana, por la que la maldad toma forma inhumana para destruir la imagen de Dios en otra vida.

Tan terribles fueron estas contiendas que luego de la Segunda Guerra Mundial se formó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con el objetivo de que no vuelva a surgir una guerra de tales dimensiones. Y, si bien no hemos tenido una tercera confrontación bélica de proporciones “mundiales”, ha habido una seguidilla de enfrentamientos entre naciones casi ininterrumpidamente.

Pero, detrás de todas estas guerras, por más abarcadoras y tremendas que puedan ser, se encuentra la madre de todas las guerras. Y no me refiero a la primera “batalla” que se menciona en la historia humana, en que la serpiente se “enfrentó” a Eva e introdujo la discordia no solo entre el hombre y Dios (Gén. 2; 3), sino entre los seres humanos también. Sí, es verdad que la introducción del virus del pecado en el mundo generó las condiciones para todos los enfrentamientos de la historia humana, pero todavía hay una guerra detrás de esa primera guerra.

El Apocalipsis se atreve a ir más atrás que la creación del ser humano, y nos cuenta que “hubo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles lucharon, pero no pudieron vencer” (Apoc. 12:7, 8). Y esa guerra entre Cristo (Miguel) y Satanás (el dragón) no solo fue la primera guerra, sino también tuvo repercusiones cósmicas, cuyos ecos pegaron de lleno en nuestro planeta, dado que “la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás” fue “arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él”. De este modo, nuestro planeta se convirtió en campo de batalla de esa madre de todas las guerras, que tiene consecuencias eternas y universales.

Claro, es bueno que nos cuidemos de las guerras entre naciones de este mundo. Pero, sabemos que hay una lucha atroz que tiene todavía consecuencias peores, porque precisamente lo que está en juego no es una muerte temporal, sino la muerte o la vida eternas.

Pero, hay buenas noticias, porque aquellos que están de parte de Dios han vencido a Satanás, y “lo vencieron por medio de la sangre del Cordero” (Apoc. 12:11). ¡Cristo venció y resucitó, y venció a Satanás y a la muerte! Aquellos que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero no necesiten temer el desenlace de la madre de todas las guerras.

Claro, si bien la guerra ya está ganada, las batallas no han cesado. Y el mismo capítulo 12 nos deja la advertencia: “¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha descendido a ustedes con gran furor, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12: 12). Y esa guerra se da especialmente “contra el resto [remanente] de la descendencia de ella [la iglesia], los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17).

La promesa está intacta: “Si permaneces fiel, incluso cuando te enfrentes a la muerte, te daré la corona de la vida. […] Todos los que salgan vencedores se sentarán conmigo en mi trono, tal como yo salí vencedor y me senté con mi Padre en su trono” (Apoc. 2:10; 3:21, NTV).  Pronto, Cristo pondrá fin a la historia de pecado y de guerras de este mundo, al regresar por los fieles en su segunda venida. Ya no habrá más guerras en este mundo. Y luego del Milenio, cuando venga con la Jerusalén celestial a esta Tierra, pondrá fin también a la madre de todas las guerras. Después de eso, una sola pulsación latirá a lo largo y lo ancho del Universo: el amor de Dios, que solo trae paz y felicidad.

One Response

  1. Paola

    Lo que ocurre en el este de Europa es terrible. Pero no solo Rusia y Ucrania están en guerra, hay muchos países sufriendo, incluso Chile, más que tomar parte por uno u otro lado, podríamos clamar unidos porque que Dios siga manteniendo su gracia, guardando a sus hijos y dándonos el discernimiento para utilizar todos los medios que tengamos proclamando su mensaje; ser el mensaje y aportar con la paz que Cristo trae al corazón, mientras Él llega a ser la paz y restauración de este mundo.

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