“Ofrézcanle sacrificios de gratitud y hablen con alegría de sus actos”.

(Sal. 107:22).

En cierta ocasión, una paciente en plena crisis de angustia me llamó por teléfono:

–Ay, me siento muy mal. Me ocurrió algo terrible…

Y luego continuó con un relato de un evento desgraciado que había sufrido.

Después de escucharla unos minutos, le respondí:

–¿Le puedo pedir algo?

–Sí, dígame –contestó un tanto dubitativa.

–Salga a caminar y piense en motivos de gratitud. Concéntrese en todas las razones que se le ocurran para estar agradecida. ¿Puede hacer eso?

Un tanto perpleja, ya que quería seguir contándome sus desdichas, aceptó mi pedido. Unos quince o veinte minutos más tarde, la llamé por teléfono para preguntarle cómo se encontraba. Me respondió eufórica.

–¡No creerá lo bien que me siento! Al principio me costó un poco concentrarme, pero después me puse a pensar en motivos de gratitud y fue como una avalancha de ideas que me inundaron la mente.

Estuvo varios minutos contándome las razones por las cuales se sentía agradecida. Su estado anímico había cambiado totalmente. La angustia se había transmutado en alegría y entusiasmo.

El agradecimiento predispone a reconocer bienes y surge como respuesta de haber sido beneficiados por alguien en algún momento especial. Las investigaciones han demostrado que la gratitud es una fortaleza del carácter que presenta múltiples beneficios. Las personas agradecidas son más felices, tienen más energía, son más optimistas y experimentan más emociones positivas que aquellos que no practican tanto la gratitud. También son más amables, manifiestan más empatía, son más espirituales y menos materialistas. Descubrieron que los más agradecidos tienen menos probabilidades de estar deprimidos o preocupados; no se sienten solos, no tienen tanta envidia y presentan un sentimiento de alegría. Asimismo, un estudio con personas con insuficiencia cardíaca concluyó que la gente más agradecida informaba menos riesgos y más rápida recuperación después de haber padecido un evento cardíaco o una intervención quirúrgica. La conclusión de todos esos estudios es que la gratitud tiene un efecto causal sobre la salud física y mental, por lo que es muy bueno practicar esta virtud.

Otro aspecto esencial de la naturaleza de la gratitud es su carácter religioso. En realidad, todo beneficio o ayuda recibida de alguna persona, en última instancia, proviene de la ayuda suprema de Dios, ya que “toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Sant. 1:17). Dios es el origen de todas las bendiciones, quien renueva cada día sus misericordias y nos obsequia con su gracia generosa. Por tal motivo, es digno de alabanza, que es la forma de expresar la gratitud a Dios. Es con esa idea que el poeta bíblico exclama, lleno de júbilo: “Alabaré a Jehová en mi vida; cantaré salmos a mi Dios mientras viva” (Sal. 146:2).

¿Cuántas cosas buenas tenemos para agradecer a Dios? “Cultivemos, pues, en cada iglesia el agradecimiento a Dios”, propone Elena de White. “Eduquemos nuestros labios para alabar a Dios en el círculo de la familia. […] Nuestras dádivas y ofrendas deben declarar nuestra gratitud por los favores que recibimos diariamente. En todo deberíamos revelar el gozo del Señor y dar a conocer el mensaje de la gracia salvadora de Dios” (Dios nos cuida, p. 249).

Todo lo precedente demuestra la conveniencia de practicar la gratitud. Los estudios sobre el ejercicio de la gratitud concluyeron que esta virtud puede potenciarse y, con ella, proporcionar muchos beneficios positivos. ¿Cómo hacerlo? Algunas sugerencias son las siguientes:

  • Agradece todos los favores que te hagan.
  • Escribe un diario de gratitud. La idea es escribir cada día cinco cosas por las cuales te has sentido agradecido ese día.
  • Realiza visitas o cartas de gratitud. Piensa en alguien que te haya ayudado para reconocérselo personalmente o a través de una carta o mensaje.
  • Al terminar cada día, escribe tres cosas buenas o bendiciones ocurridas durese día.
  • Agradece a Dios. La Biblia exhorta: “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (Sal. 103:2).

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