Aprendiendo a enfrentar las injusticias de la vida.

Habacuc no entendía. Nada parecía estar funcionando normalmente para el pueblo de Dios. Padecían injusticia y opresión de manos de los que no respetaban al Señor. La sociedad iba a la deriva y nada era “normal”. ¿Dónde estaba Dios en medio de tanto caos?

No habría sido difícil dejarse llevar por la corriente del descontento popular y ponerle “Me gusta” a los clamores deprimentes en las redes sociales. Pero Habacuc se dirige a Dios, aunque él pareciera ausente y misterioso.

Y habla con él. Lo busca y le hace preguntas duras. Hasta que el profeta escucha palabras que abren nuevas perspectivas en su mente: “El justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4). Si bien el mensaje divino era mucho más amplio que las circunstancias en las que vivía Habacuc, estas palabras pusieron un freno a sus protestas y a su deseo de entender lo que Dios estaba haciendo.

Le quedó claro que Dios estaba actuando, aunque no viera o entendiera todo. Y, al final de su corto libro, leemos su magnífica confesión de fe: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:17, 18).

Este texto (uno de mis preferidos) me muestra lo que Dios es capaz de crear en el corazón humano cuando todo parece perdido. ¿Cómo llegó Habacuc a pensar y a decir eso? Y a creer lo que decía… ¿Cómo llegó a tener esa serenidad en medio de tantos problemas?

Primero, no cedió a la tentación de la queja y la amargura. Cuanto más lugar le demos a lo negativo en nuestra vida, menos motivación tendremos para buscar aquello que trae esperanza.

Segundo, no se quedó sin hacer nada, sino que buscó a Dios en oración. Ignorar los problemas que nos rodean tampoco es sabio. Como decía Einstein, la vida es como andar en bicicleta: para mantener el equilibrio hay que mantenerse en movimiento. Hasta donde dependa de nosotros, es nuestra responsabilidad el buscar soluciones.

Tercero, cultivó una actitud de confianza. Cuando nos decimos a nosotros mismos –y a otros también– que Dios puede ayudarnos y que lo hará según su voluntad y a su tiempo, la esperanza habrá ganado contra el pesimismo.

Y ahí, el Señor podrá empezar su trabajo de restauración en nuestro corazón. Ahí, sus promesas cobrarán un significado muy real. Como el salmista nos lo recuerda: “Tú que me has hecho ver muchas angustias y aflicciones, me volverás a dar vida, y me levantarás de nuevo de las profundidades de la tierra” (Sal. 71:20).

Dios promete restaurarnos. Tal vez durante nuestra vida aquí, en esta Tierra; tal vez recién cuando Jesús regrese a buscarnos. El apóstol Pedro nos recuerda esta promesa: “Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá” (1 Ped. 5:10, LBLA).

Se cuenta la historia de una obra maestra que surgió de un accidente. Uno de los salones del Palacio Golestán, en Teherán, la capital de Irán, sería decorado con exquisitos cristales provenientes de un país lejano. Pero cuando llegó la preciosa carga después del largo viaje, grande fue la desazón de los obreros: todo se había hecho añicos. Las magníficas piezas de cristal ahora eran miles de fragmentos sin sentido ni utilidad.

Pero el arquitecto encargado de la obra vio la oportunidad en medio de la crisis, y evitó que la carga terminara en la basura. Con delicadeza y dedicación, fue trabajando los pequeños fragmentos, pegándolos uno por uno en las paredes hasta formar un collage brillante de insuperable belleza.

De todos los suntuosos salones y jardines de este palacio, es el Salón de los Espejos el que más queda grabado en la mente. Y es el único donde no se pueden sacar fotos. Lo roto e “inservible” llegó a ser lo más valioso.

Dios se especializa en restaurar. Él es el que vuelve a dar vida a lo que parece perdido; el que crea obras de arte con aquello que se rompió. Él es el que nos perfecciona, nos afirma, nos fortalece y pone de nuevo el suelo debajo de nuestros pies. Aunque, como Habacuc, no siempre entendamos cómo lo hace.

Sobre el Autor

Lorena Finis de Mayer es argentina y escribe desde Berna, Suiza. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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One Response

  1. Ivana Rogann

    Insuperable Lorena. Te sigo en la RA desde siempre y tus vídeos de YouTube de 2018 fueron de soporte cuando en 2019 tuvimos la misma «visita» en nuestra familia. Gracias a Dios por la inspiración que te concede. Bendiciones!

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