La vindicación del carácter de Dios en el marco del Gran Conflicto.

El libro de Daniel es un tesoro del cual podemos extraer no solo las revelaciones concernientes al tiempo del fin sino también una serie de principios teológicos que aportan al entendimiento teológico y doctrinal. El contexto amplio que nos ayuda a comprender mejor lo que el libro de Daniel pretende enseñar es el marco del Gran Conflicto cósmico.

El capítulo 1 de Daniel presenta este conflicto cósmico cuando se describe que los utensilios de la Casa de Jehová fueron llevados a la casa del dios babilonio (Dan. 1:2). Aparentemente, esta descripción mostraría que el dios de Babilonia es mayor o más fuerte que el Dios de Israel. Al menos, así se entendían las victorias militares en los días de Daniel, ya que se suponía que el ejército ganador lograba la victoria a causa del accionar de su dios. Sin embargo, el libro va a demostrar que la derrota de Jerusalén responde a propósitos mayores, y no solo al aquí y ahora.

En el mismo capítulo se dice que Dios otorgó sabiduría a los jóvenes hebreos (Dan. 1:17), al punto de que fueron hallados diez veces mejores que los magos y los astrólogos del reino (vers. 20). De esta manera, los magos y los hechiceros babilonios, que pretendían tener conocimientos otorgados por sus deidades, ahora se encontraron con un grupo de jóvenes que tenía mayor inteligencia y sabiduría que ellos. Así se inicia la vindicación del carácter de Dios.

Luego, en el capítulo 2, esto se hará más evidente. Nabucodonosor, ante el olvido de su sueño, demanda que se le recuerde el sueño y se le dé su interpretación. Pero nadie fue capaz de comunicar al rey lo que él demandaba. Ante tal situación, manda  matar a todos los sabios del reino. El no poder responder a la demanda del rey demostraba que, en realidad, no tenían comunicación con el mundo invisible. Entonces, aparece Daniel, el profeta del Dios verdadero, quien sí tiene conexión con el Cielo y termina dando no solo el sueño sino también la interpretación. Daniel atribuye su sabiduría al Dios del cielo (Dan. 2:28).

Ahora bien, en el capítulo 3, los jóvenes hebreos son confrontados por el rey en cuanto a su fe en Dios y la lealtad a las leyes promulgadas por el rey. De ser leales a Dios, el fuego sería su destino. Parecen estar sin salida. Incluso el rey desafía no solo a los jóvenes hebreos sino además a Dios mismo, haciendo la pregunta: “¿Y qué dios será el que os libre de mis manos?” (Dan. 3:15). El rey desafía abiertamente al Dios de Israel.

El resto es historia: El Dios de Israel los liberó del fuego y de las manos del rey más poderoso del planeta. Finalmente, el rey termina declarando: “Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego” (Dan. 3:28). Vemos que ahora el Dios de Israel, quien aparentemente había sido vencido en la conquista de Israel, es reconocido por el rey que conquistó Jerusalén.

Finalmente, en el capítulo 4, el rey Nabucodonosor termina dando su testimonio de conversión. Luego del sueño que Dios le brindara, Daniel informa a Nabucodonosor sobre la interpretación y le advierte que no debe enorgullecerse por encima de Dios y que sea humilde (Dan. 4:19-27). Sin embargo, al cabo de un tiempo, el rey no reconoce a Dios como el Soberano, sino que se atribuye a sí mismo la grandeza del reino (Dan. 4:29-30). Entonces, el sueño y las advertencias llegan a su cumplimiento. El rey se convierte en un especie de bestia hasta el día que reconoce al Dios del cielo (Dan. 4:31-34). Finalmente, el rey bendice al Dios del cielo y reconoce que él es el Soberano (Dan. 4:34-37).

En esta seguidilla de eventos, podemos ver cómo el nombre y el carácter de Dios son vindicados; de ser puesto por debajo de los dioses babilonios hasta el punto de ser vindicado como el Soberano, justo y verdadero Dios. Esto fue posible gracias a Daniel y sus tres amigos.

Como creyentes y seguidores de Cristo, nuestro accionar juega un papel en el proceso de vindicación del carácter de Dios. Somos partícipes activos e instrumentos de Dios para que su nombre sea reivindicado no solo ante los hombres sino además ante el Universo entero. ¡Qué privilegio y responsabilidad ser parte del plan de Dios y colaboradores de los planes celestiales! ¡Seamos como Daniel y sus tres amigos! ¡Maranatha!

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