Cómo hacer que su cónyuge experimente dignidad y respeto.

El novelista italiano Alberto Moravia escribió sobre la vida matrimonial en un célebre libro, El desprecio. Allí, narra las vicisitudes de la pareja formada por Ricardo, un guionista de cine, y su esposa, Emilia. Después de una etapa de felicidad conyugal, Ricardo se dio cuenta de que la relación se había enfriado y estaba cada vez peor. Paralelamente, le iba mal en el trabajo. Finalmente, tuvo que reconocer que el amor que antes lo unía a su esposa ahora no existía. Invadido por un agudo sentimiento de impotencia, intentó hablar varias veces con Emilia para aclarar la situación, sin que ella accediera. Esa etapa fue fatal para Ricardo. “Acepté, pues, vivir como un hombre que lleva dentro de sí el malestar de una enfermedad amenazadora, pero que no acaba de decidirse a ir al médico; es decir, intentando no reflexionar demasiado ni sobre el comportamiento de Emilia respecto de mí, ni sobre mi trabajo”. Sin embargo, no podía dejar de sentirse intensamente desdichado.

Entonces, la trama deriva en una escena clave: Ricardo toma conciencia de la importancia del amor conyugal. Todo sucedió al visitar la casa de un empresario que lo había contratado. Estaban comiendo cuando observó algo que le llamó profundamente la atención y le hizo reflexionar en la trascendencia de la mirada del amor. Así lo describe el protagonista: 

“Luego, la criada cambió los platos y yo, por romper el silencio, le formulé una vaga pregunta a Pasetti [el empresario] sobre sus proyectos inmediatos. Él me contestó con su voz fría, precisa y mezquina, en la que la falta de imaginación y la modestia parecían inspirar no solo la elección de las palabras, sino también la de las más leves entonaciones. Yo callaba, porque los proyectos de Pasetti no me interesaban y porque, aunque me hubiera interesado su voz monótona y descolorida, habría conseguido que los aborreciera. 

“Como sea que mis ojos fastidiados erraban de un objeto a otro sin hallar nada que retuviera mi atención, se detuvieron en el rostro de la mujer de Pasetti, que, con la mano en el mentón, estaba escuchando también a su marido, la mirada fija en él, como de costumbre. Fue entonces, mirando aquel rostro, cuando me impresionó la expresión de sus ojos: amorosa, lánguida, con una mezcla de admiración sumisa, de gratitud sin reservas, de enamoramiento físico y timidez casi melancólica. La expresión me dejó intrigado, quizá porque el sentimiento que transmitía era para mí un completo misterio: Pasetti, tan descolorido, tan mediocre, tan visiblemente privado de las cualidades que pueden gustar a una mujer, parecía un objeto indigno de atención semejante.

“Luego me dije que todo hombre acaba por encontrar a la mujer que lo quiere y lo aprecia, y que juzgar los sentimientos de los demás partiendo de los propios es un error. Sentí simpatía por ella, tan devota de su hombre, y complacencia por Pasetti, hacia el que, como ya he dicho, sentía una especie de amistad irónica. Y, de pronto, cuando empezaba a distraerme y a dirigir los ojos hacia otra parte, un pensamiento o, mejor dicho, una súbita percepción venida de no sé dónde me conmovió: ‘En estos ojos se halla todo el amor de esta mujer por su marido. […] Y él está contento de sí mismo y de su trabajo porque ella lo quiere […]’ ”.

La conclusión de Ricardo enaltece la importancia de la admiración en la vida conyugal como, en general, en las relaciones interpersonales. El sentirse admirado es un motivador esencial en la vida matrimonial. El cariño y la admiración son componentes clave para mantener una relación duradera y gratificante, ya que hace que la otra persona se sienta digna, respetada y amada.

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