Cada día las ansiedades, las preocupaciones y las complicaciones nos aplastan. ¿cómo sobrellevarlas con éxito?

Cierta vez, un joven emprendedor caminaba con paso acelerado por un sendero rural para hacer negocios con un estanciero, cuando vio a un hombre sentado en el pasto, disfrutando de la sombra de un árbol. El joven se detuvo y le preguntó:

–¿Descansando?

El hombre asintió con la cabeza.

–Mmm… Son las 10 de la mañana… Su patrón ¿anda por aquí?

–No lo sé… –replicó el campesino.

–Usted ¿qué opina? Si cercamos ese campo de allá y sembramos frutillas, ¿obtendremos buena cosecha?

–Seguramente. Pero ¿para qué sembrar frutillas? –cuestionó.

–¿Cómo para qué? ¡Para vender la cosecha y comprar maquinaria!

–Ah –musitó el hombre, y agregó–. Y ¿para qué comprar más maquinaria?

–¿Cómo para qué? Para poder trabajar más rápido la tierra y obtener mejores resultados –contestó ya un poco alterado el joven emprendedor.

–Ajá. Y ¿para qué necesitamos mejores resultados?

–¿Cómo para qué? Para poder invertir en más campos y contratar más personal.

–¿Más personal? Y ¿para qué?

–¡Qué pregunta! –exclamó el joven–. Para mejorar la economía de la estancia y poder disfrutar entonces de los beneficios.

–Ah… Beneficios… ¿Qué beneficios?

–¿Cómo qué beneficios? Los beneficios de una posición dominante en el mercado y en la región, de un negocio sustentable y próspero, que le permitirá tener más dinero y tiempo a fin de disfrutar de un buen pasar en esta vida, para usted y su familia –respondió con vehemencia el joven.

–¿Disfrutar? Y a usted ¿cómo le gusta disfrutar de la vida, joven? –preguntó el hombre.

–¿Cómo? Bueno… me imagino disfrutando de una hermosa playa de arena blanca, sentado bajo una sombrilla y mirando el mar turquesa.

–Y ¿cuándo fue la última vez que disfrutó así de la vida? –inquirió el campesino.

–No, todavía no he ahorrado lo suficiente para tomarme las vacaciones soñadas –confesó el joven.

–Ah. Pues, mire: yo descanso y disfruto de mi pausa del trabajo, debajo de este árbol a esta hora, todos los días, sin necesidad de tanto emprendimiento… hasta que usted me interrumpió. No se preocupe por mí, ¡y vaya a disfrutar de la vida!… si tiene tiempo”.

Y el joven se alejó, pensativo.

El sabio Salomón declaró: “En realidad, Dios da sabiduría, conocimientos y alegría a quien es de su agrado; en cambio, al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado” (Ecl. 2:26, NVI). Entonces, ¿quién de los dos era más sabio? ¿El joven emprendedor o el hombre de campo? Y ¿qué sucede con nosotros, los cristianos de este tiempo? ¿Estamos sembrando solamente para lo material? ¿Qué cosecharemos? ¿Seremos como aquellos que permitieron que “las preocupaciones de esta vida, el engaño de las riquezas y muchos otros malos deseos entra(ra)n hasta ahogar la palabra, de modo que esta no llega(se) a dar fruto” (Mar. 4:19, NVI)?

Por supuesto, esta historia del inicio no tiene la intención de alentar la vagancia o el desgano; ni desalentar a los emprendedores. Es una muestra de que solemos correr detrás de las cosas y nos complicamos la vida por obtenerlas, mientras que se nos escurre entre los dedos sin disfrutarla. Salomón, un gran emprendedor, concluye: “Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios” (Ecl. 2:24).

En la actualidad, la simplicidad es una de las disciplinas menos comentadas en círculos religiosos. Se habla habitualmente de disciplinas como la oración, el estudio de la Palabra de Dios y la caridad, pero un estilo de vida simple no está entre los temas de conversación comunes entre los cristianos.

La vida simple de un cristiano semejante a Jesús dista mucho de lo que propone y ofrece este mundo. Sin duda, los cristianos del siglo primero se destacaban justamente por su estilo de vida simple. ¿Cómo pasamos de “los creyentes estaban juntos y tenían todo en común” (Hech. 2:44, NVI) a los ministerios independientes y la opulencia de ciertos líderes cristianos? No importa dónde vivan las personas, en medio del campo o de la ciudad, el deseo de conquistar más cosas, más influencia, más poder, es el signo de esta época posmoderna.

Vida simple desde el interior

La simplicidad es una realidad interior que se demuestra en un estilo de vida exterior.

No funciona al revés, porque el Espíritu Santo genera un cambio radical y duradero desde adentro hacia afuera. De nada sirve incorporar lo bueno del minimalismo moderno sin examinar nuestras intenciones más íntimas; no sea que estemos, simplemente, haciendo caso de una moda pasajera. Hacerlo sin la motivación correcta sería como intentar correr una maratón sin el entrenamiento adecuado. Quizás avanzaríamos unos kilómetros, pero realmente comenzaríamos a sufrir y finalmente abandonaríamos la carrera. Por eso, más vale revisar primero los principios detrás de la simplicidad, según están expresados en la Biblia.

Por el privilegio que se nos ha concedido en la Revelación, los cristianos deberíamos estar a la vanguardia del movimiento por la vida simple y saludable, en todos los aspectos. No sea que nos pase otra vez lo mismo: la ciencia recién comprobó hace pocos años que el tabaco y el estrés son enemigos públicos, mientras que los adventistas venimos proclamando hace más de un siglo que un estilo de vida saludable, una dieta vegetariana y el reposo semanal son remedios naturales contra el mal de este tiempo. ¿Será que nuestro problema es que sabemos proclamar muy bien, pero a la hora de vivir estos principios a menudo los menospreciamos?

Ahora se habla de minimalismo, y pareciera que la sociedad se siente atraída hacia una vida más limpia, más despojada, más sencilla y ecológica a la vista de los demás.

Pero la motivación correcta para una vida minimalista está expresada claramente en la Palabra de Dios. La clave para la vida simple de un cristiano fue expresada magistralmente por Jesucristo en el Sermón del Monte:

“Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas? ¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? ¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que, no se preocupen diciendo: ‘¿Qué comeremos?’ o ‘¿Qué beberemos?’ o ‘¿Con qué nos vestiremos?’ Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mat. 6:25-34).

Entonces, si queremos vivir una vida más sencilla, lo primero que debemos hacer es buscar al Señor y su justicia, deseando sinceramente vivir nuestra vida como Cristo vivió la suya. Vivir una vida simple es, ante todo, confiar en el plan de Dios, creer que nos ama y que va a satisfacer nuestras necesidades, según su voluntad.

Esta es la simplicidad: mantener nuestra atención en Jesús y en su Reino. Y todas las cosas vendrán a su tiempo.

Vida simple alejada del materialismo

En Lucas 16:13 aparece la conocida máxima: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. El vocablo original para “riquezas” en este pasaje es “Mamón”, y su traducción más exacta no es “riquezas” sino simplemente Mamón, que es el espíritu o dios de la codicia.

El dinero no es malo en sí mismo, pero el espíritu de Mamón transforma nuestra relación con el dinero de modo que seamos codiciosos y avaros. En cambio, si el Espíritu de Dios toma el control, el cristiano será generoso y sacrificado; se negará a sí mismo en relación con el uso que da a sus bienes materiales.

Mucho ha pasado desde que Adán otorgó un nombre a cada cosa. No contentos con llamar a las cosas por su nombre, los seres humanos comenzaron a valorar las cosas. Así, nuestra escala de valores terminó siendo diametralmente opuesta a la original. Y el ser humano comenzó a valorarse a sí mismo según la cantidad de cosas que podía conquistar o poseer.

En la historia de las relaciones entre el ser humano y las cosas materiales, lo opuesto al materialismo ha sido el ascetismo. Un asceta podía vivir sin bienes materiales, ayunar a menudo y hasta golpear su cuerpo. Ese era su estilo de vida. Con ese rechazo manifiesto hacia las cosas materiales, el asceta pretendía acercarse a Dios; ya que él era espiritual. Así lograría que su espíritu y Dios estuviesen en comunión más íntima.

Pero no hay nada particularmente santo en el hecho de no poseer bienes materiales, así como no es esencialmente malo poseer muchos bienes. Todo pasa por cómo consideramos esos bienes en nuestro corazón; es decir, cuánto valor les damos.

¿Quién nos engañó, para pensar que podemos otorgar valor a las cosas que no nos pertenecen? “Un enemigo ha hecho esto”.

Dios no desea que vivamos vidas hedonistas; es decir, que nos motive únicamente la búsqueda del placer; pero tampoco es necesario hacer un voto de pobreza.

Una vida interior en simplicidad produce una vida de gozosa despreocupación por las posesiones. No hay que abstenerse de poseer bienes materiales; pero debemos recordar que las cosas no nos harán felices. No importa la cantidad, no importa de qué cosas estemos hablando, un cristiano no debe caer en la trampa de pensar: “Si tuviese tal casa, si tuviese tal trabajo, si tuviese tal automóvil o tal teléfono… entonces sería feliz”.

Vida simple como la de Pablo

En Filipenses 4:11 al 13, Pablo comparte el secreto del contentamiento en cualquier circunstancia:

“No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Finalmente, en Cristo obtendremos las fuerzas para hacer todo lo que debemos hacer. Es decir, Pablo dice que las situaciones no significan nada para él, porque ya las pasó todas. Lo tuvo todo, no tiene nada, se sació y padeció hambre. Pero la clave es que pudo hacer todo con la fuerza de Cristo en él.

Generalmente citamos la última frase de este pasaje paulino cuando tenemos que enfrentar situaciones complejas, hasta imposibles. ¡Es el versículo favorito de muchos cristianos! Recordemos que su contexto nos anima a contentarnos con lo que tenemos, a no ser esclavos de las circunstancias y a vencer la tentación de correr detrás de las cosas de este mundo.

Vida simple, sin complicaciones

Hemos enredado demasiado todas las áreas de nuestra vida. Y los cristianos mundanos, es decir, aquellos que dicen tener a Dios en primer lugar, pero viven pendientes de las cosas materiales, han levantado mucha oposición y rechazo, y han embarrado el terreno para que su prójimo salga de la mundanalidad. Los cristianos modernos, especialmente los que vivimos en grandes ciudades, estamos siempre al borde de vivir la misma experiencia que Lot y su familia.

Cada vez que charlamos de cosas materiales con quienes nos rodean, especialmente si no conocen nuestra fe, estamos haciendo algo semejante a lo que hizo la mujer de Lot. Nos convertimos en estatuas ante los demás, incapaces de transmitir el mensaje espiritual. Entre cristianos decimos que estamos “huyendo de Sodoma”; pero nuestra conversación nos hace volver la mirada hacia atrás, a lo material que nos ofrece el mundo en que vivimos.

Que Dios nos ayude a desenredarnos de todo lo que nos ata a este mundo, para que diariamente podamos comprender cómo ejercer nuestra mayordomía de las cosas que nos ha confiado. RA

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