Comentario lección 11 – Segundo trimestre 2016

“Escatología” es una palabra muy propia del adventismo. Nuestra identidad específica como pueblo está fundamentada en la convicción de que estamos viviendo en los tiempos finales de la historia y que, como diría el Dr. Mario Veloso, somos la “comunidad escatológica”: el pueblo de Dios que vive en el tiempo del fin y que, aun cuando compartimos el mensaje general del evangelio con el resto de las comunidades cristianas, tenemos una identidad y una misión proféticas específicas.

Por tal motivo, entre otros pasajes bíblicos, el sermón escatológico de Jesús, que se encuentra en Mateo 24, nos resulta muy entrañable a nuestra fe adventista. Y, si bien la lección de esta semana abarca también el capítulo 23 de Mateo –los ayes de Jesús sobre los fariseos y los escribas–, vamos a concentrarnos, en este comentario, en el sermón escatológico de Cristo y en las tres parábolas que contó (Mat. 25) acerca de la preparación para su venida, como nos propone el título de la lección de esta semana, “Eventos de los últimos días”.

MATEO 24: EL SERMÓN PROFÉTICO DE CRISTO

Al reflexionar en el contenido general de este sermón, sería bueno una nota de prudencia: a veces, en nuestro afán de demostrar que estamos en el tiempo del fin, hacemos algunas interpretaciones y aplicaciones un tanto ingenuas y cuestionables de este sermón. Recuerdo con gracia una ocasión en que, luego de terminar de realizar una obra misionera en cierta ciudad de la Argentina, un grupo de estudiantes de Teología estábamos aguardando al micro que nos llevaría de regreso al Seminario. En eso, pasó un auto con un moño gigante atado sobre su techo, llevando a una pareja de recién casados, seguido por otros autos que tocaban bocina como para anunciar que pasaba la flamante pareja y acompañarlos, seguramente, al lugar del festejo. Entonces, un compañero de estudios, en tono de broma irónica, sentenció, haciendo alusión a Mateo 24:38: “¡Cómo se cumple la profecía!: ‘Se casarán y se darán en casamiento’ ”.

Este hecho, que nos puede provocar quizás una sonrisa, refleja, en realidad, cierta ingenuidad con la cual interpretamos a veces las profecías. Nos enteramos de un terremoto que sucedió en determinado lugar, o de un tsunami que arrasa con cierta localidad de Oceanía, y ya lo vemos como una señal del inminente regreso de Cristo, siendo que, en realidad, a lo largo de la historia, siempre ha habido terremotos y tsunamis. Escuchamos de cierta guerra que se lleva a cabo en Oriente Medio o en otro lugar del mundo, y ya creemos que falta poco para la venida de Cristo, por ese hecho, siendo que la historia de la humanidad ha estado plagada de guerras. Oímos de la proliferación de ciertos gurúes o de ciertos dirigentes religiosos carismáticos embaucadores, y ya creemos que eso indica que ha llegado prácticamente el fin, siendo que desde siempre han existido falsos maestros y falsos profetas. Y, si bien es cierto, la proliferación de estos fenómenos ha crecido en una proporción geométrica a lo largo de los siglos, y entre el siglo XX y lo que va del actual se registran más de ellos que en toda la historia pasada, eso no necesariamente nos permite ver en cada fenómeno aislado una señal de que YA es el fin.

Sin embargo, a pesar de la nota de prudencia que propongo en el párrafo anterior, las CONDICIONES GENERALES de nuestro planeta nos dicen a gritos que, hubiera o no profecías escatológicas relativas al medioambiente y las guerras (por tomar solo estas dos variables), estamos realmente al borde del colapso como planeta y potencialmente como civilización, lo que EXIGE que Dios intervenga pronto con la Segunda Venida para poner fin a esta historia. Ustedes seguramente conocen “El reloj del Apocalipsis”, o “Reloj del fin del mundo”, ese reloj simbólico creado por científicos de la Universidad de Chicago en los Estados Unidos, en 1947, que luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial –con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki– han tomado dos variables para señalar el estado de emergencia en el que se encuentra nuestro planeta y, por ende, la humanidad: el desequilibrio ecológico y la carrera armamentista, con la amenaza de la aniquilación nuclear. Este reloj toma la medianoche como el punto en el que la Tierra y su civilización llegarán a su fin, y los minutos previos como la cercanía a ese fin. Hoy, estos científicos nos dicen que estamos viviendo en la hora 23:57 (datos de 2015). Estamos, ciertamente, al borde del fin. Y esto, lejos de amedrentarnos, debería fortalecer nuestra esperanza, porque como ninguna otra generación sobre la Tierra nos habla a gritos de que falta poco para la intervención final de Dios en nuestra historia:

“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca” (Luc. 21:28).

A la luz de estos hechos evidentes y elementales, nos cabe preguntarnos si realmente tenemos derecho a tomar este sermón para hacer “futurología”, y cuál es el verdadero sentido de estas profecías anunciadas por Jesús. ¿Son realmente pistas que nos indican con precisión el tiempo en que vivimos y la proximidad inminente de la venida de Jesús? ¿O deberíamos darles otro sentido?

No es fácil dar una respuesta a estas preguntas, sobre todo teniendo en cuenta que, en este sermón, de doble aplicación (según nuestros teólogos), Jesús entremezcla la respuesta a la pregunta de los discípulos sobre la inminencia de la destrucción de Jerusalén con su descripción de las condiciones del mundo en torno a su venida y el fin del mundo.

Mi humilde conclusión personal es que las “señales” de Mateo 24 no tienen tanto el objeto de indicar eventos únicos, exclusivos, que señalen cronológicamente la inminencia de su venida, sino presentar las CONDICIONES del mundo en que vivimos, que se han dado una y otra vez a lo largo de la historia, pero que se están recrudeciendo más y más a medida que nos acercamos al fin. El sentido de esta descripción profética de Jesús sería, entonces, indicarnos que no podemos poner nuestra esperanza en este mundo. Es un mundo maldito por el pecado (no por Dios) y por la acción diabólica en él, y está condenado a su autodestrucción. Esto es lo que podemos esperar de este mundo. Lejos de la perspectiva halagüeña que nos quieren presentar algunos maestros espirituales en el sentido de que la humanidad está avanzando hacia una era mejor, de superación de los males de este mundo, Jesús nos enseña, en este sermón, que la cosa irá de mal en peor. Por lo tanto, nos invita a considerarnos “extranjeros y peregrinos sobre la Tierra” (Heb. 11:13; cf. 1 Ped. 2:11), a no encandilarnos con las falsas promesas de seguridad y felicidad que este mundo nos presenta, a no embotar nuestros sentidos y nuestra conciencia, a tener en cuenta los peligros espirituales que vamos a hallar en el camino, y a realizar una preparación cabal para irnos acostumbrando al estilo de vida que tendremos en ese mundo mejor que está preparando para nosotros, con el amor que lo llevó a dar su vida en el Calvario, para lograr nuestra salvación.

Algunas advertencias de Jesús: Jesús nos advierte en este sermón, entre otras cosas, sobre el peligro de los falsos profetas y los falsos cristos: en este sermón, Jesús es reiterativo acerca de este tema. Una y otra vez vuelve sobre lo mismo:

“Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán” (24:4, 5).

“Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos” (vers. 11).

“Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya os lo he dicho antes. Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis. Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre” (vers. 23-27).

La palabra que se repite una y otra vez es “engaño”, el arma estratégica de Satanás. Y, para lograr su cometido, el enemigo se vale no solo de falsas enseñanzas sino también de hechos concretos, visibles, palpables, de orden milagroso (señales y prodigios). Este es quizás el mayor peligro para la humanidad y los hijos de Dios en particular. Estamos en una era signada por el escepticismo. Queremos ver para creer. Y el enemigo está dispuesto a brindarnos lo que deseamos: algo milagroso, sensacional, espectacular, que nos dé la seguridad de que el mundo superior, invisible, es real, y que actúa en la historia humana. Crea manifestaciones sobrenaturales, pero el mensaje que esconde detrás de ellas es contrario a Dios y a su Revelación, la Biblia. La disyuntiva es si nos aferraremos a la Revelación bíblica aun cuando nuestros sentidos, nuestra experiencia, nos digan lo contrario, o sucumbiremos a la seducción de lo sensorial, lo espectacular, como si eso, de por sí, fuese garantía de origen divino y de verdad. Aun se levantarán falsos cristos. ¿Quién podría resistirse a ser engañado si apareciere un personaje semejante al ideario popular acerca de Jesús, que hable palabras de amor, de concordia entre los hombres, de solidaridad social, que realice milagros bondadosos en favor de los que sufren, pero que nos diga que no es tan importante aferrarse a la Palabra, y a la voluntad de Dios revelada en ella, a sus mandamientos, sino solo vivir en un clima de amor y compasión? Pero Jesús nos advierte que su venida no ocurrirá aquí y allá en la Tierra, sino que será en gloria y majestad, para poner fin a la historia de pecado y dolor en este mundo, y para llevarnos a su hogar celestial. Eso es algo que el enemigo no podrá imitar.

Nos advierte, también, que hay un precio que pagar por ser cristianos: habrá persecución, e incluso, lo más doloroso, seremos traicionados por nuestros propios seres queridos (vers. 9, 10). Eso les sucedió a los cristianos a lo largo de la historia, y también nos podría suceder a nosotros. Por eso, la importancia de la perseverancia en la vida cristiana: no dejarse desanimar por nada, sino estar dispuestos a permanecer con Cristo hasta el fin, pase lo que pase (vers. 13).

En medio de estas condiciones, Jesús nos anuncia que mientras tanto hay una obra que hacer en favor de este mundo convulsionado: será predicado el evangelio (24:14). Es también ingenua la interpretación de que lo que determina que venga el fin es que se complete la predicación del evangelio a todo el mundo. El mínimo análisis nos muestra la sinrazón de este razonamiento: ¿Es una cuestión de extensión territorial? Si pudiéramos decir que en cada país del mundo hay alguien predicando el evangelio, ¿eso sería razón suficiente para que Dios terminara con la historia de este mundo? Y, suponiendo que en una determinada fecha próxima –gracias a los medios de comunicación masiva u otros medios– todas las personas de este mundo (hasta el último nacido) pudieran escuchar hablar de Cristo, ¿esto sería lo que habilitaría a Dios para cerrar la historia de la Tierra? ¿Por qué sería importante que ESAS personas hayan escuchado el evangelio y no los miles de millones de personas que a lo largo de la historia no lo han oído, como condición para que Cristo regrese por fin? Esto no resiste el análisis más elemental. La expresión “entonces” (“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” [24:14]) debe querer decir otra cosa. Propongo que su significado es que MIENTRAS se predica el evangelio, mientras la iglesia va cumpliendo su misión acompañando los fenómenos dolorosos producto del pecado, vendrá el fin.

Jesús nos advierte, además, sobre lo sorpresiva que puede ser su segunda venida para muchos, por estar distraídos con las cosas de este mundo y amodorrados en un corazón no interesado en Dios, en la verdad, en el bien. Un corazón incrédulo e irreverente, como el de los antediluvianos, que no toma conciencia de los peligros de la hora en que se vive (24:37-51).

De allí que Jesús insista en la PREPARACIÓN para su venida (24:42-44), y lo refuerce a través de las tres parábolas acerca de la forma en que debemos prepararnos, que veremos a continuación.

MATEO 25: PARÁBOLAS SOBRE LA PREPARACIÓN PARA LA SEGUNDA VENIDA

Jesús, luego de hacer una descripción profética de las condiciones nada alentadoras de este mundo durante su historia y hasta su segunda venida, hace una aplicación práctica a través de tres parábolas, señalando así el sentido, para qué nos sirve saber qué sucederá a grandes rasgos en la historia de este mundo, si mejorará o irá de mal en peor: debes prepararte para la eternidad; porque, ya sea que Jesús venga en tus días o dentro de miles de años, su venida, en términos prácticos, siempre está a un latido de tu corazón, y este puede cesar en cualquier momento.

Así, Jesús nos dice que en primer lugar debe haber una preparación espiritual, un acopio de experiencia con Dios y con la unción del Espíritu Santo, representados por el aceite en las lámparas de las vírgenes prudentes (Mat. 25:1-13). Una actitud de vigilancia espiritual, que no nos permita perder de vista lo que realmente importa: nuestra comunión con Dios y la recepción del Espíritu Santo para convertirnos, purificarnos y fortalecernos en nuestra vida espiritual.

En segundo lugar, a través de la parábola de los talentos (25:14-30), nos habla de que no debemos permanecer en una espera “ociosa” su venida, solamente dedicados a la contemplación mística, sino que debemos cultivarnos como personas, desarrollar nuestras capacidades (talentos) y, dispuestos a correr riesgos, colocar estos talentos al servicio de Dios, que no es otra cosa que el servicio a la humanidad, tal como lo demuestra la siguiente parábola.

En la parábola de las ovejas y los cabritos (25:31-46), Jesús nos muestra cuál es el fin último de la vida cristiana, qué es lo que, en última instancia, Dios quiere lograr en nosotros: que vivamos el amor abnegado. Que vivamos para servir y ayudar al prójimo, especialmente a los más dolientes.

Es interesante que algunos dirigentes religiosos consideren que la obra de asistencia social distraería a la iglesia de su misión fundamental, que es la predicación del evangelio (especialmente del mensaje escatológico de los tres ángeles de Apocalipsis 14), que le mermaría fuerzas y recursos humanos y económicos a la obra de la proclamación. Sin embargo, Jesús parece mostrarnos, a través de esta parábola, que la mejor forma de esperar su venida es sirviendo y ayudando al necesitado, seguramente como producto de la preparación espiritual señalada en la parábola de las diez vírgenes, y del cultivo y la utilización de nuestras capacidades indicados en la parábola de los talentos.

En otras palabras, y como conclusión de este comentario, la mejor forma de prepararse para la segunda venida de Cristo, para que no nos sorprenda desapercibidos, no es estar obsesiva y paranoicamente pendientes de cada mínimo movimiento que hace el país del Norte o el Vaticano (aun cuando esto tenga su importancia), sino, ya sea que Jesús venga dentro de cien años o esta misma noche, vivir una vida de continua comunión con él, de unción del Espíritu Santo, de desarrollo personal y, sobre todo, de un servicio lleno de amor hacia quienes nos rodean, especialmente hacia los más necesitados de nuestra compasión.

Que, por la gracia de Dios, todos nos encontremos realizando esta espera activa, fructífera, mientras aguardamos su retorno en gloria y majestad, cuando nos reuniremos con él para siempre, y con aquellos a quienes hemos amado en esta vida:

“Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat. 24:30, 31).

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