“Casarse está bien. No casarse está mejor” (Agustín de Hipona).

“Los hombres se casan por cansancio; las mujeres, por curiosidad. Ambos quedan chasqueados” (Oscar Wilde).

“El matrimonio es como una jaula; uno ve a los pájaros desesperados por entrar; y a los que están adentro, igualmente desesperados por salir” (Michel de Montaigne).

“Es mucho más fácil morir por la persona que se ama que vivir toda la vida con ella” (Lord Byron).

Estos célebres dichos y pensamientos, sumados a los que por decenas circulan en el lenguaje corriente y popular, reflejan la mirada pesimista que el ser humano ha sabido construir sobre el matrimonio. Ya sea dicha en son de broma o fundamentada en ideologías radicalizadas, esta mirada negativa ha devaluado enormemente la importancia del matrimonio como institución social. En este contexto, el modelo bíblico de matrimonio, tal como fue constituido en Edén (Gén. 1:26-28; 2:18-25), se diluye velozmente en un ingente número de nuevos modelos defendidos y promocionados con fiereza por una sociedad cada vez más desorientada e intolerante.

Curiosamente, la Biblia también da cuenta de esta perspectiva negativa. Reconoce las dificultades que suscita la mala convivencia (Prov. 21:9; 25:24); lo ejemplifica con numerosas historias de matrimonios y familias disfuncionales, algunas de las cuales son realmente trágicas (ver Juec. 19); y registra también los persistentes esfuerzos de la sociedad por incumplir con los compromisos matrimoniales (ver Mal. 2:11-17; Mat. 19:3-12).

A pesar de ello, la Biblia no promueve esa mirada negativa. Por el contrario, de manera persistente, ve al matrimonio como un don de Dios que ha sido instituido para contribuir con la felicidad del ser humano (Gén. 2:18; Prov. 18:22; 31:28, 29). Esta felicidad se percibe en las emotivas palabras de Adán tras conocer y recibir a su ayuda idónea (Gén. 2:23, 24). A esa felicidad la Biblia le dedica un extenso y alegre canto (Cantar de los Cantares), en el cual se describe la relación conyugal con belleza y elocuencia. De esa felicidad también se nutre la recurrente metáfora matrimonial que ilustra la relación de Dios con su pueblo (Isa. 62:4, 5; Sof. 3:17; Apoc. 19:7-9).

Desde luego que la Biblia enmarca esa felicidad en el contexto de un compromiso mutuo que requiere varios componentes.

Respeto por la individualidad del otro, con sus diferencias y peculiaridades; pues, aunque el matrimonio implica unión, no conlleva el dejar de ser uno mismo. “Mas, aunque deben confundirse hasta ser uno, ni el uno ni el otro deben perder su individualidad. Dios es quien posee la individualidad de cada uno” (Elena de White, El hogar cristiano, p. 84).

Comunicación permanente y efectiva. “¿Andarán dos juntos si no están de acuerdo?” (Amós 3:3). Toda convivencia requiere consensos y acuerdos cotidianos que solo se alcanzan por medio de una comunicación permanente y efectiva.

Cuidado mutuo. Pablo ilustra esto tomando como modelo el amor de Cristo por su iglesia. La unión matrimonial implica cuidar, nutrir, amar, santificar, limpiar, entregarse por el otro (Efe. 5:21-33). Todo vínculo se fortalece con la ternura y las demostraciones genuinas de cariño.

Fidelidad, que como mandato divino (Éxo. 20:14) resalta la santidad del matrimonio como institución creada por Dios (Prov. 4:15-19; Heb. 13:4).

Disposición a perdonar. Todos fallamos o nos equivocamos. Decidir estar junto a otra persona implica estar dispuesto a perdonar, que no es tolerar o pasar por alto el error del otro, reprimiendo el dolor propio. Buscar el perdón y perdonar es procurar la restauración de un vínculo roto (Ose. 2; 3).

Unión con Cristo (Sal. 127:1). “Lo que causa división y discordia en las familias y en la iglesia es la separación de Cristo. […] Cuanto más nos acerquemos a Cristo tanto más cerca estaremos uno del otro” (El hogar cristiano, p. 147).

Muchos entienden que un matrimonio exitoso o feliz es solo aquel en el que se mantiene siempre encendida, y de manera ininterrumpida, la llama del deseo y la pasión, y en el cual están ausentes todo tipo de dificultades. Este modelo es tanto irreal como ilusorio. Tal propuesta ingenua no es la mirada positiva que ofrece la Biblia. Incluso tras tropiezos y caídas, se puede experimentar la felicidad. Pues la felicidad matrimonial no es algo que se alcanza, sino algo que se construye y que madura cada día. Esto quiere decir que la pareja nunca está completamente hecha y que la felicidad se vive de manera diferente en cada etapa de la vida. Madura y crece con cada crisis vencida, con las lágrimas y el gozo de las cosas cotidianas. Se trata de una dicha compartida que procura ante todo un horizonte eterno. RA

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